Hace 25 años, cuando entré a LA GACETA, no había ningún periodista graduado en la Universidad. La carrera no existía en Tucumán. Había -lo que llamábamos -"periodistas de raza". Eran escritores, poetas, lectores insaciables, curiosos, chismosos, profesores de Historia o de Letras, abogados, ex estudiantes de Filosofìa … todos aunados por la misma pasión de escudriñar en vidas ajenas, sorprenderse en cada esquina aún por las cosas más simples y cotidianas, capaces de encontrar la novedad en la rutina, y de disfrutar secreta y lascivamente del tropezón del funcionario para salir corriendo a hacerle notar su error, con toda variedad de argumentos. Esta era la Redacción que yo conocí a los 20 años. Se entraba a las cuatro de la tarde y se salía a la medianoche. En esa oficina que tronaba con el tecleo de las máquinas de escribir, me recibió el secretario general, Julio Aldonate, próximo a jubilarse. Rubén Rodó, casi recostado sobre la silla, con los pies cruzados sobre el escritorio, no despegaba la oreja del teléfono. Desde su columna dominical jugaba al ajedrez con los políticos. Siempre nos tiraba un bocadillo sabroso que nos dejaba relamiéndonos por varios días. Ventura Murga, la voz de la mesura. Irrefutable. Arturo Alvarez Sosa, agudo, a veces agrio y hasta maldito, diseccionaba la realidad con avidez. En un rincón, Roberto García, a quien todos llamábamos con respeto "profesor", era el responsable de Educación. Contra la ventana, fumaba parsimonioso, casi ausente, Tito Pérez. Era el crítico de arte, que en cada bocanada despedía un vaho de ideas propias y ajenas, buscando la imagen sutil que se acercara a lo que no se puede decir con palabras.
Abro los ojos y miro a mi alrededor. La Redacción ha rejuvenecido de pronto. Los nuevos periodistas me miran sonrientes y me dibujan en su retina, como un personaje más, que describirán en otros 25 años.